jueves, 22 de septiembre de 2011

BESTIARIO DE ANDAR POR CASA.11

No era el único amigo que tenía, pero aquel chaval quizás trataba a Allen Palma Dosiempre más a menudo que a otros. Mientras jugaban en el parque, o en clase mientras la maestra daba la murga con sus hipos al hablar, o practicando balonmano, Palma le contaba sus peripecias viendo revistas pornográficas y presumiendo cómo se empajillaba. Hablaba como si tuviera muchas experiencias sexuales. Tendrían como 12-13 años, y a él no le había llegado todavía la presión hormonal, que por otro lado, diríamos tampoco es que se retrasara mucho.

El caso es que Palma era más precoz. Primero se entusiasmó con las niñas de su edad que habían madurado más, pero como ellas no tenían ni el más mínimo interés en pringaos como ellos, los preferían mayores, pues él cambió sus intereses también hacia las tías mayores, que eran más cálidas en su trato con los jovencitos. Cuando decimos mayores nos referimos a las amigas sesentonas de su abuela, que jugaban al bingo en una terracita al aire libre del barrio. Por una o por otra, Palma siempre hacía a sus amigos salir por allí y luego se las aviaba para darle un abracito a la ganadora de la partida, y de paso también a la perdedora (por su altura baja, su cabeza se apoyaba en el pecho de la señora y volvía después con los colegas, triunfal, señalándoles su “tienda de campaña”).

El caso es que un día él fue al bloque de Palma a llamarlo y presenciaron una despedida de lo más amorosa entre un vecino con pinta de alto directivo y una tía madurita pero que estaba como un cañón. Él llevaba una maleta de equipaje y parecía que se iba para unas semanas, y le hablaba sonriente pero quizás algo despectivo, como incitándole a que no saliera para nada de casa en su ausencia, que pidiera las compras por teléfono. Se despidieron con un beso en la boca, mientras a ellos se les caía la babilla hasta el suelo viendo el contoneo de sus caderas de vuelta al portal. Creyeron notar que los miró de refilón. En el ascensor sacó un cigarro y lo encendió mientras los ojeaba divertida, ellos colorados como tomates y mirando al suelo por el rubor y por el humo. Se bajó en su planta y se despidió: “Hasta luego, corazones”.

Arriba, como siempre, mientras hacían un lego, Palma decía que se la iba a tirar, como a tantas otras, que a esa tía pum-pum y que le saldría un líquido blanquecino por el pito. Él se reía a carcajadas, algo nervioso, y Palma martilleaba sarcástico: “¿No te lo crees, no te lo crees?”. En esto sonó el timbre, abrió su abuela y escucharon la voz ronca de la vecinita, pidiéndole a la anciana si le podía ayudar a doblar una manta muy grande. Palma salió disparado y se ofreció (los ofreció) a acompañarla.

Bajaron a su casa con ella, y les pidió que se acomodaran. Se descalzó y observando al final de sus vaqueros sus pies desnudos y sus blandas pisadas hacia los dormitorios notaron de forma consciente y pujante la presión de su “tienda de campaña”. Palma y él se reían por lo bajo, y en ésas estaban cuando de repente apareció la mujer con una camisón demasiado transparente para su ritmo cardíaco, y sin nada debajo. Traía la manta, y se colocaron los dos en un extremo y ella en el otro. Con cada doblez, estaban más cerca, olían su perfume de matalauva, y en ocasiones hasta se rozaron con sus piernas. Recuerda que cuando estaba completo el trabajo, les temblaba el pulso y se les escurrió su asa de la manta, que se balancéo hacia las piernas de la mujer. Se agacharon y en el suelo se arreguincharon a sus tobillos y empezaron a lamerlos y acariciarlos hasta las rodillas. Ella se quedó quieta y sin decir nada, en principio ninguno se atrevía a mirar hacia arriba, y el chico querría salir de allí pero ya. Sin embargo, Palma le guiñó un ojo y subió, y le dio un abrazo como hacía con las viejas. Él se cayó de culo hacia atrás, y vio cómo la mujer se sacaba los pechos, unos pezones negrísimos y grandísimos, y le sostenía fuerte la cabeza a Palma mientras la hundía en ellos. Vio mojarse sus pantalones y pensó que se corría, pero la mancha era tan extensa y goteaba tanto por los botines que no sabía si quizás se meó. La mujer le hurgaba con una mano los pantalones en busca de algo y con la otra agitaba el cuello de Palma y se desprendía de su blusón. Él se fue a su casa pero pitando.

No supo qué más ocurriría allí, ni después en los siguientes días, porque no vivía cerca. Aquello los marcó, pero sobre todo a Palma, que se transformó en un tipo taciturno, tartamudeaba y no decía dos ideas seguidas. Antes de los 20 ya estaba calvo, colmado por los vicios, se duchaba poco y andaba continuamente en problemas. Parecía mayor, de esos hombres que ninguno querríamos que anduviera cerca de nuestros hijos o hijas, pues es probable que muchos de ellos, confundiendo la fantasía de su inocencia con la realidad, y añadiendo la rebeldía que da el descubrimiento del mundo, cayeran en esa telaraña.

Este hombre, aquella mujer... ¿qué circunstancias conducen hasta aquí? ¿Por qué resarcir las frustraciones adultas utilizando a los niños? ¿Qué vacuna hay para este virus que arruina vidas?