sábado, 1 de mayo de 2010

THE ROAD (LA CARRETERA)

Es una de las mejores películas que he visto en 2010, aunque tal vez no ha tenido la repercusión mediática que merece. Basada en la novela del mismo título, Premio Pulitzer de ficción de 2007, obra de Cormac McCarthy, quien es también autor de la novela “No es país para viejos” y el guión para su adaptación cinematográfica.

La historia trata, básicamente, de las consecuencias de un apocalipsis en los supervivientes, centrados en la figura de un padre y su hijo pequeño (no llegamos a saber sus nombres). No importa por qué ocurre, sólo que tenemos el imperio de un mundo desolado, sin recursos y sin vida, todo es gris y sólo quedan para sobrevivir los despojos del mundo anterior. Éste es el escenario en el que padre e hijo huyen, ligados a “la carretera”, las antiguas vías de comunicación, y a modo de recuerdos pasados vamos conociendo su historia particular: el hombre y la mujer sobrevivieron unos años encerrados en su hogar, criando al hijo que nació tras el fatal suceso y tirando con las migajas que les quedaban alrededor, pero el cerco de los otros humanos que quedaron es una amenaza cada vez mayor; incendios, poblaciones arrasadas en una búsqueda desesperada de recursos ha convertido en caníbales a la mayoría y cada vez se acercan más. La madre es frágil, y desea su propia muerte y la del hijo para acabar con el sufrimiento, pero el padre, aunque también desesperado, pone su única ambición en la supervivencia del hijo antes que nada. Cree en un renacer futuro, si bien no para él, sí para el niño, así que comienza un viaje hacia el sur, donde está el mar y quizás alguna esperanza de vida, último deseo de la madre.

Deambular por este panorama no es fácil; ellos mismos son alimento de otros y han de protegerse a toda costa del encuentro con las pocas personas que aún viven. El hijo no conoce otro mundo más que éste, triste y desolado, en el que los seres humanos se ven como extraños, porque es en el que ha nacido, ni siquiera ha tenido trato con otra gente más allá de sus progenitores, pero el padre (que es como un extraño para él, pues habla de cosas que vienen de un mundo desconocido e imposible ya) se esfuerza continuamente en enseñarle valores nobles y de justicia en un escenario opresivo y sin color, vacío, capaz de enloquecerlos. La norma es no intervenir en lo que ocurra con los demás, pero la mayoría de supervivientes son nómadas y también se mueven por la carretera, así que el peligro es constante y el padre no tiene más remedio que cometer algunos “actos malvados” para seguir vivos, que contrastan con la educación que imparte y crean una bella contradicción, metáfora de la lucha real que es aprender.

La fotografía es sobrecogedora, el color es ceniciento y desolador, y sólo contemplamos algún tono más vivo en los flash back recuerdo de otra época. Los personajes son muy complejos y están interpretados destacadamente por Viggo Mortensen (padre), Charlize Theron (madre) y Kodi Smit-McPhee (hijo). En definitiva, recomendamos su visionamiento, aunque avisamos que no es una película comercial, aparte de que provoca sensaciones que te abaten en cierto modo.