lunes, 23 de mayo de 2011

LAS SETAS “VENENOSAS” DE LA ENCARNACIÓN DE SEVILLA

El proyecto “Metropol / Parasol” para un nuevo mercado y la reorganización de la plaza de la Encarnación de Sevilla -apodado “Las Setas” en esa costumbre de poner sobrenombres, procedente de las áreas rurales andaluzas- es en la actualidad uno de los símbolos más polémicos y rechazados por los sevillanos, y sin embargo es el punto álgido de la ciudad donde la gente ha estallado a protestar contra las deficiencias del sistema democrático que habitamos, con grandes de dosis de inteligencia, agudeza, civismo, y ejemplo de buen comportamiento y compromiso masivo. No deja de sorprender que tantos miles de personas se acojan en su protesta bajo la sombra y el simbolismo de este contradictorio espacio, y por ello, retomando unos viejos apuntes, deseamos explorarlo en nuestro lugar en Internet (el único medio que aún no está vendido a uno u otro bando, como la radio, la televisión o la prensa).

Para comprender la realidad de la plaza de la Encarnación, diremos que es un emplazamiento del centro histórico de Sevilla situado en el interior del recinto amurallado. Como en muchos lugares europeos, está presente el increíble trenzado cultural que la Historia ha traído por estos territorios, y bajo su suelo se superponen estratos romanos, árabes, judíos, cristianos, y suponemos que si nos fuéramos mucho más atrás también podríamos seguir reconstruyendo muchos otros testimonios olvidados o desconocidos por nuestro legado. Se podría decir que, aunque hoy día contemplamos todos esos trazos históricos como una unidad, cada uno de esos restos fue en su día una agresión a lo anterior y desde luego también al lugar.

A principios del siglo XIX, la edificación que ocupaba los terrenos de la plaza que nos ocupa este artículo era el convento de la Encarnación. Por estas fechas, se produjo en España la invasión francesa de Napoleón, y este acontecimiento introduce en el país las ideas revolucionarias de Europa del momento. En cuanto al urbanismo, en París el barón Haussman había implantado un modelo que saneaba las ciudades medievales mediante la expropiación y el derribo de edificios, la apertura de calles y plazas para que en el tejido dejara pasar sol, luz, aire. La ciudad se convertía así en un espacio mejor para vivir, para ser disfrutado por todos sus habitantes, fueran ricos o pobres; aunque también suponía la expulsión y abandono por parte de las autoridades de las personas que habitaban esos edificios. Era uno de los máximos ejemplos de la Ilustración: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.
Como decimos, en Sevilla también ocurrió esta forma de gobernar durante el siglo XIX, tomando el ejemplo del barón Haussman. La idea era hacer un trazado más “limpio” y habitable para la ciudad, y crear grandes plazas para que en ellas se desarrollara la escena urbana, al estilo de las más modernas ciudades europeas de la época. Con tal objetivo, se derribó el convento de la Encarnación, que era idóneo porque poseía planta rectangular y estaba rodeado de una edificación homogénea que podía hacer de telón de fondo a las nuevas actividades que se desarrollaran allí una vez se abriera ese gran espacio libre. También se liberaron los terrenos que hoy ocupan la Plaza de San Pedro, y los de la Plaza Nueva, con la demolición del convento de San Francisco. En estos escenarios una de las ideas principales era que se produjera una buena sombra para filtrar el ajusticiador sol de Sevilla, y para ello se tomaron grandes árboles (ficus) procedentes de América que poseen una espesa copa muy horizontal. Finalmente, el protagonismo se lo llevó la Plaza Nueva, que acogió la mayor representatividad al implantarse en ella el edificio del ayuntamiento, y recibió la mayor parte de las inversiones que se hicieron. Como los franceses abandonaron su hegemonía sobre el país a mediados del siglo XIX, sus ideas también cayeron en desgracia y en la Encarnación quedó un amplio solar sin uso, lleno de escombros, que poco a poco fue ocupado por vendedores ambulantes. También existía allí una fuente pública del siglo XVIII (es la más antigua de Sevilla) que fue trasladada en diversas ocasiones y que hoy día aún se mantiene. En el siglo XX, se construye un mercado cubierto para que los comerciantes desarrollaran allí su actividad y de esa forma el ayuntamiento podía cobrarles impuestos. En el otro extremo de la plaza quedó una parte libre para disfrutar de la fuente y la sombra de la arboleda traída de los ficus americanos del Parque de María Luisa.

En 1973 el mal estado del mercado de abastos provoca su traslado a una construcción lateral, la demolición del viejo edificio, y su sustitución por otro nuevo. A la hora de realizar la cimentación, se construyeron pantallas de contención de tierra perimetrales y se comenzó a excavar. Como era de esperar, aparecieron importantes restos arqueológicos no datados y la obra quedó parada, pues de repente había tantas actividades por realizar que no se encontró presupuesto para tal labor. Así se mantuvo largas décadas, con los restos arqueológicos vallados y cegados y con calles alrededor estranguladas. Un lugar que se convirtió en una rotonda para que los coches cambiaran de sentido y sólo un sitio de paso, desplazado por el éxito de otros espacios más habitables del centro histórico. También la edificación alrededor se fue degradando y haciendo impersonal, extraña a la histórica iglesia de la Anunciación que se levanta en la esquina con la calle Laraña.

Al llegar el siglo XXI, España comienza con bonanza económica para amplios sectores de la sociedad y con ello se empieza a reactivar la vida y las esperanzas de la gente. También llega la necesidad de intervención para la Plaza de la Encarnación, que no puede seguir ya más tiempo en el deterioro y abandono que sufre, la gran mayoría entiende que no se puede quedar como está. La disciplina elegida para actuar sobre la realidad existente es la Arquitectura como se entiende hoy día, que posee un gran carácter social por su amplia repercusión, porque se instala en lugares reales y los rehabilita, los pone en valor, los hace más habitables para las personas y destapa cualidades en ellos, nuevas y ocultas. La solución que se busca, capitaneada por el ayuntamiento de Sevilla en 2004, es la del concurso de ideas, abierto a toda la comunidad internacional de arquitectos. La intención era producir un debate, un diálogo para sacar a la luz múltiples lecturas de lugar, mejor que la forma de encargo directo.

Al concurso se presentaron 65 proyectos, la mayoría de arquitectos prestigiosos de diferentes lugares del mundo. Todos optaron por conservar al descubierto las ruinas excavadas, y la verdad es que la mayoría eran muy espectaculares y llamativos, fruto del capitalismo feroz que dominaba el panorama por esos años; es decir, la mayoría requería para construirse un presupuesto titánico, que lo cierto es que no se consideró un aspecto descabellado por la exacerbada psicosis económica en que el mercado se movía entonces. Por supuesto, en ello el papel protagonista lo tenía el Ayuntamiento de Sevilla, pero es justo decir que al jurado del concurso se encontraban representados también las universidades de Sevilla y Pablo de Olavide, la Junta de Andalucía, la Gerencia de Urbanismo de Sevilla, el Instituto Andaluz del Patrimonio, arquitectos de reconocido prestigio no participantes en el certamen, los empresarios de Sevilla así como representantes de las asociaciones vecinales. Tampoco el Colegio de Arquitectos de Sevilla, aunque no participara en la elección de la propuesta, se manifestó en contra de que se diera luz verde a esta obra. Es curioso como a día de hoy todos escurren el bulto y nada quieren tener que ver con los importantes daños a la economía sevillana que ha provocado este interesante proyecto (a nivel arquitectónico), y parece que es sólo el alcalde Alfredo Sánchez Monteseirín su responsable.




La propuesta ganadora, conocida ya por todos, fue la del arquitecto alemán Jürgen Mayer, con su “Metropol / Parasol”. Su proposición consistía en abrir todo el espacio de la plaza de la Encarnación y darle unidad pese a la obligación de contemplar el mercado. Sólo el perímetro edificado restringe la circulación y el esparcimiento por los espacios, y en una superficie libre tan amplia (10500 m2) surge una gran cubierta única para toda la plaza que dé sombra ante la intensidad del sol en las horas diurnas. También ofrece iluminación durante la noche, como un cielo artificial de luz y sonido. De esta forma, se producen 4 niveles: el museo de las ruinas excavado en el terreno, a nivel de sótano; el mercado de abastos a la cota de la calle, que se estrecha y así amplía el espacio libre a su alrededor; la plaza pública con el tráfico rodado restringido y que se extiende sin limitaciones desde los ficus y la antigua fuente hasta la cubierta del mercado, con una gran escalinata a modo de escenario monumental; y la cubierta transitable para la contemplación de todo el mundo de tejados del casco histórico, una visión que públicamente sólo era ofrecida por la Giralda. El pavimento también cobra intensidad destacable, pues se reproduce por todo suelo y por los alrededores, dotando de una nueva piel a las callejuelas anexas, olvidadas demasiado tiempo.


Hasta aquí todo parece muy aceptado por todos, pero la polémica surge con la formalización de esa gran cubierta que simula las frondosas copas de los árboles que existen en muchas placitas del centro de Sevilla. Hoy día ya no es lógico “robar” a otros territorios esos árboles centenarios, milenarios, y transplantarlos aquí, ese terrible expolio colonial. Por lo tanto se construyen artificialmente, con el dinero que el capital permite. De esta manera, surgen unos enormes pilones que sustentan el piso a 30 metros de altura, con una forma orgánica y aparentemente aleatoria, que tiene mucho de provocación, se busca irrumpir con descaro en nuestra retina para llamar la atención. Con todo el trasfondo de reflexión sobre un lugar y su historia que tiene detrás, al final lo primero que nos llama la atención es un icono, un reclamo, “las Setas”, precisamente con el objeto de no sólo abrir la plaza a los sevillanos, sino traspasar fronteras y volverse conocido, atraer gente a la ciudad.

Si bien la imagen inicial del concurso con esta arboleda ficticia era muy vaporosa y permeable, que pretendía ser un filtro visual para la luz y entre los laterales de la plaza, esto no era posible técnicamente, pues había que contrarrestar las cargas del peso propio, del viento, del sismo, de los usuarios, y para ello se necesita cierta rigidez y esta estructuración física contempla quizás más opacidad. La solución formal por la que se optó para proceder a la construcción de la cubierta se convirtió entonces en más figurativa y potenció esa idea del champiñón, necesitando la friolera de 500 Toneladas de madera para llevarse a cabo. Además esta nueva imagen era aún más potente visualmente y acentuó el rechazo de la gente por ponerlo junto a un entorno de edificación histórica homogéneo y tradicional, con mucho carácter religioso, espiritual. En nuestra opinión particular, a los 30 metros de altura que están las Setas su carácter pasa desapercibido para las personas que transitan la plaza, es tan orgánico como una arboleda, y además les hace gozar de una sombra muy buena. Ni siquiera se ven desde la mayoría de las calles más lejos de la zona, pues no sobrepasan la altura de los edificios d su perímetro y quedan tapadas por ellos.



Sin embargo, la mala fama actual del proyecto proviene sobre todo del presupuesto, calculado en 33 millones de euros, inicialmente. Como los procesos que utiliza y los medios han sido tan singulares, no existía en el mercado nada con lo que compararlos, y el precio que se dio ha distado mucho del real necesario para la ejecución. Además, la inversión era mayoritariamente de dinero del erario público, que esperaba rentabilizarse en tiempo breve, alquilando los locales comerciales en el mercado y en la cubierta a empresas privadas.

La obra sufrió varios parones en su desarrollo, pues fue realizada por SACYR, una empresa constructora de las poderosas pero que ha sufrido algunos reveses con la horrorífica crisis económica que nos ha venido a azotar. Por supuesto, nada comparado con lo que estamos viviendo los ciudadanos de a pie, pero sí es verdad que destapó muchas de las tramas que en bonanza fueron maquinando políticos y banqueros para enriquecerse personalmente, y el dinero para ejecutar la obra no llegaba con la misma fluidez. Para colmo, por varias veces hubo que aumentar el presupuesto, tan malo había sido el estudio económico previo, y por momentos dio la sensación que era un “presupuesto abierto”. La presión pública hizo que tuviera que hacerse conocido el dato, que informan que ha sido de 100 millones de euros al final. En multitud de ocasiones se pretendió parar este gasto, cuando la economía española iba en caída libre, pero siempre salió adelante con el voto de calidad del alcalde de Sevilla Monteseirín, que al igual que en muchos otras obras de Sevilla, coloca una placa con su nombre para destacar su labor y gusta pasearse frecuentemente por los periódicos y la televisión local. Este proyecto del “Metropol / Parasol” toma ideas ilustradas no sólo en su materialización –rescatando para la ciudadanía un lugar perdido-, sino que en su gestión hace verdad eso de “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.


La nueva plaza de la Encarnación se inauguró en abril de 2011, en los días previos a la Semana Santa. Por su forma impactante, espectacular, y la enorme calidad espacial que ofrece ha atraído desde entonces a multitud de visitantes y curiosos. También protagonizó el cartel del Encuentro del Cómic de Sevilla de 2010, parece poseer mucho del mundo de la ficción que se trata en el cómic. Por supuesto, aún no se ha amortiguado el impacto económico que ha supuesto, aún están vacíos la mayoría de locales comerciales, era lógico y esperable con la situación que vivimos.

De momento, se puede decir que ya ha hecho historia. El movimiento 15-M en Sevilla ha elegido este escenario como su sede de protesta para la necesidad de DEMOCRACIA REAL YA. Parece contradictorio que exporten esta imagen como símbolo, y sin embargo una fuerza parece atraer las actividades hacia aquí, donde se concentra ese dinero que, dividido en ayudas para las personas que más han sufrido, hubiera evitado que muchos desfavorecidos y que ninguna culpa tenían, pagaran la mala gestión que se hizo del sistema. Tantos que han perdido su vivienda, sus ahorros, sus ilusiones, sus esperanzas, que han caído en problemas de salud (incluso conozco suicidios, desgraciadamente), que viven de la caridad, que asisten atónitos a cómo continuamente siguen saliendo casos de corrupción política y cómo los bancos españoles son las únicas empresas solventes y a las que se les sigue dando las ayudas. A cómo los dos partidos se acusan entre sí y no hacen nada más que seguir cortando leña del árbol caído e intentan llevar la fractura a las buenas personas. A cómo los demás políticos que surgen parecen sólo buscar un hueco en el que meterse a pillar cacho, si caen los otros. A darnos cuenta cómo son las costillas reales de nuestro mundo. Es como si, una vez abierta esta herida, ya muy difícil de cerrar, e infectada, mohosa, el pueblo haya decidido dárselas a los poderosos para ver si estos hongos a ellos les resultan tan indigestos y venenosos como lo han sido para nosotros.