domingo, 7 de agosto de 2011

ALAN MOORE: MEMORIAS SOBRE HARVEY PEKAR (1939-2010)

A propósito de una cita en el Editorial de Dodgem Logic Nº 5, cuando Alan Moore menciona el desgraciado suceso de la muerte de Harvey Pekar, recuperamos este texto en el que el escritor inglés pone en orden sus recuerdos sobre el maestro desaparecido. Se trata de un artículo que preparó para el periódico Washington Post, pero que al final nunca llegó a publicarse allí, y que finalmente se recoge en este blog asociado a la nueva revista underground de Northampton (enlace).

Traducción por Maese ABL

NOTA: Por razones que desconocemos, en el texto original de Moore se nombra la obra de Pekar como “American Splendour”, con esa ‘u’ añadida que hemos mantenido por respeto a la dicción con que se concibió.

Estaba en Washington a finales de los 80, visitando el desde entonces desaparecido Christic Institute por algunos proyectos con mi amiga la activista sin miedo Joyce Brabner, cuando tuve la ocasión de conocer personalmente a su marido Harvey Pekar. Harvey prácticamente había inventado el género autobiográfico en cómic, y a una industria no famosa por su vitalidad o nuevas ideas le había proporcionado una de las voces más sublimes y originales que el medio del cómic haya oído alguna vez. De forma que aquí estaba él en Washington en la primera noche con la fase de adaptación de American Splendour, lejos de su querida Cleveland, y esa susodicha voz masculina única y maravillosa se estaba yendo claramente al infierno. Por razones a las que él mismo parecía estar ajeno, la laringe de Harvey se oprimía a veces a causa del estrés, reduciendo su habla a un estrangulado graznido, y parecía que el estrés era en mucho el constante compañero de Harvey. Era casi una condición provocada por su singular visión del mundo, las gloriosas agudezas de un resuelto ser humano, resuelto hombre normal y corriente, sujeto a todas las pesadas tensiones de cada día con lo que ese término implica. Muchas de sus más valiosas observaciones habían venido del Hospital de Veteranos donde solía trabajar, y sería complicado imaginar un Harvey Pekar sin esa constante expresión en la cara de constante dificultad.

En esa ocasión en particular, los nervios y la voz de Harvey se habían quebrado hasta casi romperse por causa de su característica preocupación acerca de cómo iba a ser recibido el show, y recuerdo que me preguntó cómo llevaba yo las malas críticas, a lo que le sugerí que probablemente lo mejor era ignorar también las buenas críticas. Él me interesó inmensamente, quedé enormemente impresionado por el hecho de que tal considerable e importante fuerza creativa fuera también una persona tan humilde y profundamente sensata. Con el transcurso de los años tuve el honor de añadir mis pobres habilidades al dibujo a una página de la continuidad de American Splendour de Harvey, uniéndose inmerecidamente a una lista impresionante de talentos que iban desde aclamados maestros como Robert Crumb hasta poco aclamados maestros como Frank Stack. Conseguí encontrarle una rata colección de Katherine Mansfield para alimentar su divertido anticuario furtivo de adicto a los libros... él los deslizaría dentro de la casa ya preocupantemente abarrotada de libros y haría todo los posible por esconderlos en la instalación del cuarto de baño... y me mantuve en afectuoso aunque intermitente contacto con él y Joyce.

La siguiente ocasión en que vi a Harvey tuvo lugar hace unos pocos años, cuando él, Joyce y su alarmantemente inteligente y preciosa hija adoptada Danielle fueron alcanzados por la resaca de la película que versionaba American Splendour y habían aterrizado en Inglaterra, más concretamente Northampton, en una visita memorable a mí y a mi esposa Melinda, que aún tiene un puñado de fotografías y una pelota de lana de punto que Joyce se dejó en la mesa en la que se había tomado el café. Por este tiempo, Harvey estaba calmado, relajado, y tenía bien la voz; el mismo tipo habitual sólo que de vacaciones en Europa, de esparcimiento con amigos y su claramente querida familia. Su explosión en Hollywood, aunque obviamente sobrecogedora, no había cambiado en absoluto la manera en que Harvey veía el mundo. Incluso él y Joyce había conseguido ingeniosamente adquirir los muebles de los decorados de la película que recreaban su casa -¡exactamente como los muebles viejos, pero más nuevos! Intenté sacarle otra página de American Splendour, pero de alguna forma nunca conseguimos hacerla juntos.

Entonces, justo hace dos días, cogía una copia de la nueva revista Juxtapoz del kiosco y me doy cuenta que presentaba una entrevista con Harvey, cuando el amigo con el que estaba me informó de su muerte el fin de semana anterior. Entre el torrente de recuerdos y sentimientos que la noticia trajo consigo, la imagen más clara y candente fue una página autoconclusiva del trabajo de Harvey, enterrada en algún lugar de un número que no ubico de American Splendour y representada por un artista cuyo nombre no puedo recordar. Era una historieta sin palabras, describiendo a su oprimido autor en un día caluroso, entrando en la cocina para cortar el envase de una caja de limonada concentrada, apretando su gelatinoso contenido sobre un vaso y luego añadiendo un chisporroteante chorro de agua clara del grifo antes de probar un sorbo contenido, y esa era toda la historia. Estaba escrita por un hombre bueno y honrado que veía cada instante normal y corriente de su vida con la intensidad de un poeta; que veía la eternidad en cada momento, incluso esos en los que disfrutaba de un vaso de limonada de marca comprada en la tienda. De hecho, particularmente en esos momentos, la Cultura ha perdido un soberbio gigante, y yo lo voy a echar terriblemente de menos.