viernes, 15 de julio de 2011

YENDO AL UNDERGROUND. Por Alan Moore



Para los que hemos participado alguna vez en fanzines, algunos de los sabores más apetitosos que nos proporcionan son la pluralidad de ideas y autores totalmente diferentes que se reúnen en un mismo espacio. Cada “loco con su tema”, de manera separada pueden parecer ideas imposibles, inconexas, utópicas, arriesgadas o incluso destructivas. Sin embargo, el conjunto suele hacernos pasar un buen rato, reírnos, pensar argumentos contrapuestos y finalmente reconocernos a nosotros mismos como otra posibilidad más de interpretar el mundo, seguro sólo válida en nuestra individualidad, pero por qué no digna de ser escuchada. Dodgem Logic también atiende estas características en su misma concepción, y más que una “pieza” concluida, bella y merecedora de ser incluida en una enciclopedia, suma múltiples y diversas aportaciones, un mar de ideas con numerosas corrientes donde más que pisar el fondo, lo recomendable sería disfrutar de los vaivenes de cada ola. Alan Moore queda difuminado entre un enorme número de variopintos colaboradores, aunque asume su papel de director y en sus contribuciones, además de proporcionar una sana manera de pasar el rato, intenta que no olvidemos que en suma es un trabajo serio y comprometido.

Sobre este aspecto, ocurre ya un ejemplo en el 1º número del magazine, donde Moore realizaba un exhaustivo estudio histórico sobre el devenir de la publicación underground, que en su opinión no es algo únicamente ligado a los años 60 del siglo XX. Además, se conformaba como un texto justificativo de todo el proyecto en el que estaba implicado, y una manera de mostrar que desde siempre ha existido en la cultura un aspecto de lucha contra las instituciones de poder más rancias que, al igual que en muchas actuales, han sido capaces de repercutir tanto en las vidas de la mayoría. En la web particular de Dodgem Logic se reúnen las 2 primeras páginas (de 6 en total) de este escrito (ENLACE), que acogemos aquí en su traducción al español. Para leer el resto, al igual que ha decidido Moore, os proponemos una cita con las páginas Dodgem, sea en su versión inglesa o –esperemos- algún día en una edición española.

PÁGINA 1:

EL PÚBLICO CONSIGUE LO QUE EL PÚBLICO QUIERE.
Alan Moore desentierra los fabulosos tesoros subterráneos de la publicación underground.


Fue el humorista americano Henry Mencken (1880-1956) quien dijo que “La libertad de prensa se limita a esos que poseen una”, palabras si cabe más verdad hoy día de lo que lo fueron entonces, sitiados como estamos por gigantescos imperios mediáticos y líderes secretos que cada vez más prefieren operar tras la práctica tapadera de la “seguridad nacional”. Lo que Mencken quería decir, traducido aproximadamente, es que si quieres tener voz y ser oído en cuanto a los temas que te preocupan o te escandalizan, entonces podría ser mejor que no confiaras en Rupert Murdoch y su circo global de tetas y atrocidades como tu portavoz.

Publicar, sin embargo, simplemente significa hacer algo público, y por lo tanto la emisión de opiniones radicales se dataría más allá del invento de la imprenta por Johannes Gutenberg a finales del siglo XV. Las octavillas escritas a mano que expresaban nuevas ideas políticas o religiosas se pasaban entre el transportes de plagas durante el siglo XIII, en gran medida como Twitter sólo que con más lepra y gusanos, y en el siglo siguiente la tecnología más avanzada significaba pasar cualquier cosa que tuvieras en la cabeza; cualquier moscardón que tuvieras en tu boina mal cosida. En el siglo XIV las octavillas se usaban para extender las enseñanzas de John Wycliffe, quien insistía en que la biblia fuera traducida al inglés para que todas las discusiones religiosas, morales y por lo tanto políticas fueran mantenidas en el lenguaje de los trabajadores y trabajadoras normales, más que en latín, una lengua sólo entendida por personas de las clases superiores que habían recibido una educación.

Wycliffe y sus seguidores, los Lollards, que creían en la emancipación tanto social como espiritual de las clases bajas, fueron los responsables de que se extendieran como la pólvora los debates revolucionarios. La noción de que los temas importantes, incluso los sagrados, pudieran ser tratados en inglés comenzaría de un patadón la evolución de una tradición de visionarios que incluye el temperamento de John Bunyan, el Progreso de Pilgrim junto al feroz y angélico trabajo de William Blake o el “agradable poeta” John Clare, escribiendo maravillas en el manicomio. También, al romper el extraño monopolio que el latín tenía sobre la biblia, Wycliffe preparó el terreno para la revolución Protestante de Martin Lutero que hizo temblar la tierra en el siglo XV, un periodo que vio el nacimiento de una espectacular variedad de sectas raras y movimientos que clamaban por una nueva sociedad y que, en 1485, también convenientemente vio el nacimiento de la imprenta.

Sólo unos cien años después de esto, en 1586, al arzobispo de Canterbury se le dio poderes para controlar todo el aparato de impresión del país como una manera de censurar el movimiento Presbiteriano en la iglesia. Aunque el auge psicodélico, lleno de color como-el-vómito-de-Jaimito de los años 1960 estaba todavía a siglos de distancia, ya se encontraba aquí, en las reacciones contra este acto de opresión, donde la prensa underground tuvo de verdad sus orígenes. Furiosos con la iglesia por este intento de censura por encima de sus otros errores, un propietario de Warwickshire llamado “Burlón” Job Trockmorton empezó a publicar panfletos ilegales que atacaban a las autoridades eclesiásticas bajo el seudónimo de Martin Marprelate, con el nombre ‘Martin’ presumiblemente conectando a Martin Lutero, y ‘to mar a prelate’ [estropear un prelado] significando lo mismo que herir a un clérigo.

Estas octavillas circularon durante 1588 y 1589, impresas en imprentas que se trasladaban por todo el país para evitar ser detectadas... a un contemporáneo que había publicado prospectos criticando a la reina Isabel I se le cortaron ambas manos... y nos recuerda por qué publicar necesita a veces el anonimato y protección que el underground proporciona. La mejor vida del inventado Martin Marprelate, sin embargo, llegó durante los años 1640 cuando ambos, Burlón Job y su esquivo impresor habían muerto hacía tiempo.

El siglo XVII en Inglaterra y la corte de Carlos I estuvo bailando al borde de un apocalipsis. Por todo el país hubo evidencias de desigualdades sociales para que las clases medias se enfrentaran a tiempos difíciles mientras que la gente pobre de las clases bajas simplemente pasara mucha hambre, a menudo llevándoles a la muerte. Los Lollards de John Wycliffe ya no seguían pidiendo una nueva sociedad, pero habían sido recuperados por todas las frecuentes nuevas sectas fanáticas y movimientos que habían florecido tras la estela de Martin Lutero: Cuáqueros, Anabaptistas, Antinómicos, Moravos, Muggletonianos, Extravagantes, Niveladores y Cavadores. Muchos de estos grupos abrazaron ideas heréticas tales como la noción de que no había nada más allá de la vida, ni Infierno ni Cielo excepto aquí en la Tierra. Algunos de ellos, notablemente los primeros Cuáqueros, clamaron por la violencia para derrocar instituciones terrenales tales como la iglesia y el estado, y se desnudarían en la calle para conseguir que se su petición se extendiera. Algunos de los Extravagantes hicieron la misma aproximación y también predicaron un credo de liberación sexual y renuncia de los dioses terrenales en panfletos conocidos como los “ardientes rollitos voladores”, textos proféticos escritos por respetables tales como el poderoso Abiezer Coppe. Los Cavadores fueron agricultores guerrilleros que cultivaron cosechas en tierras públicas que habían sido valladas y cerradas por la nobleza a principios de siglo, mientras que los Niveladores fueron anarquistas vehementes que querían librarse por completo de la nobleza y los gobernantes. En lo que estos diferentes grupos coincidían era en que Dios quería que ellos reorganizaran la sociedad para que las multitudes de pobres no fueran pisoteados por unos pocos ricos; querían barrer a los reyes y clérigos que los oprimían y reemplazarlos a todos con un nuevo orden social, con una nueva Jerusalén. Cuando alguien descubrió los incendiarios textos de Martin Marprelate de cincuenta años antes, reimprimiéndose y circulando para protestar por las injusticias del nuevo siglo, estos prototipos de periódicos underground ayudaron a encender la guerra civil de Cromwell y a guiar a decapitar al monarca reinante. Agitado dentro de una mezcla que ya incluía la abrasadora visión de Bunyan sobre un mundo glorioso donde los hombres fueran iguales, y la idea anarquista de una “Nación de Santos” que no necesitaría ni curas ni gobernantes, las palabras de Marprelate fueron como gasolina en una hoguera inglesa que ardía sin llama y amortiguada.

En el siglo XVIII las llamas de malestar se extendieron a través de Europa y de la América colonial, con octavillas impresas clandestinamente que proporcionaban una aparentemente fuente sin fin de combustible. El escritor Thomas Paine, un habitante de Norfolk procedente de Tretford, emigró a América en 1774, donde participó en la revolución como panfletista, produciendo el inflamador Sentido Común que abogaba por la independencia de Gran Bretaña. Más tarde, no contento con su éxito americano, Paine escribió “Los Derechos del Hombre”, una de las piedras angulares de la Revolución Francesa. Cuando no estaba derribando imperios con sus pliegos, Paine entablaba buena amistad con el poeta, artista, radical y visionario William Blake, que fue por sí mismo un pionero de lo que un día sería conocido como publicación underground. Airado místico que combinaba encarnizada crítica social con un críptico lenguaje espiritual de su invención, Blake llevaba a cabo por sí mismo cada aspecto de sus textos bellamente ilustrados, desde mezclar sus propios pigmentos hasta grabar sus propias planchas de impresión. Simpatizante con las revoluciones de América y Francia, Blake se encontraba entre la animada multitud que presenció la quema de la Prisión de Newgate, y se vio forzado a poner en circulación sus trabajos en secreto entre los amigos que lo apoyaban cuando el gobierno lleno de pánico tomó represalias con pruebas de sedición y linchamientos.

PÁGINA 2:

La publicación ilegal llegó a ser cada vez más el vehículo favorito para ideas inaceptables religiosamente, inaceptables políticamente y para ofrendas artísticas inaceptables. Esto obviamente incluía publicaciones que eran inaceptables en virtud e su contenido sexual, con pornografía añadida a la ya embriagadora mezcla de agitación social y espiritual underground. De hecho, debido a la gran popularidad de los folletos pornográficos, durante la Revolución Francesa el porno era usado como un mecanismo para extender la propaganda revolucionaria. Los panfletos representando a María Antonieta de diversas formas, como lesbiana o ninfómana incestuosa manteniendo relación con su propio hijo, eran comunes, y ocurrió durante este periodo tempestuoso que el Marqués de Sade componía trastornadas obras eróticas que satirizaban las obras perversas de la sociedad, y que se ponían en circulación en forma de libros de coplas baratos, mugrientos, producidos anónimamente en algún escondido cuarto trasero con una imprenta.

Después de las insurrecciones del siglo XVIII llegó el relativamente estable siglo XIX. Faltando las explosiones radicales de los previos centenares de años, fue ahora principalmente en las artes donde podía encontrarse el espíritu subversivo del editor bandido. El estado Victoriano de Inglaterra, de severa represión sexual, significaba que había un vasto y creciente mercado para la ilegalidad – producir pornografía. También significaba que los artistas serios que incluían elementos eróticos en su trabajo se vieron a sí mismos perseguidos y con cada vez menos posibilidad de encontrar editores que tuvieran una reputación intachable. En los años 1890, después de que Oscar Wilde fuera juzgado y encarcelado por homosexualidad, hubo una violenta reacción por parte de la prensa y las autoridades contra el completo movimiento Decadente en las artes del que Wilde había sido una parte tan prominente. Cuando Wilde fue denunciado llevando un libro con portada amarilla bajo su brazo de camino al juzgado, el revuelo fue suficiente para obligar al principal periódico de los Decadentes, El Libro Amarillo, a cesar su publicación. Esto significaba que muchos de los más extraordinarios talentos de la época, tales como el artista Aubrey Beardsley, se quedaban sin trabajo y sin posibilidad de encontrarlo, y ciertamente se hubieran quedado así si el heroico Leonard Smithers no hubiera tomado cartas en el asunto. Smithers era un editor que ya gozaba de una turbia reputación debido a sus no infrecuentes aventuras pornográficas. Amigo y editor del explorador y hombre de mundo Sir Richard Francis Burton, Smithers era notoriamente liberal en sus aproximaciones al sexo, tenía un cartel en el escaparate de su librería en la calle Bond en el que se leía “Lo obsceno se vende barato hoy”. En 1896, después del cierre de El Libro Amarillo, fundó The Savoy, una revista con sitio en sus páginas para el poeta Ernest Dowson, Beardsley y el caído en desgracia Oscar Wilde, entre muchos otros. Aunque la literatura y el arte le debían a Smithers una incalculable fortuna tanto por su valor como por su generosidad, durante 1900 entró en bancarrota y murió nueve años después alcoholizado y destrozado por las drogas.

Entre su producción puramente obscena, Smithers publicó escritos pornográficos de su amigo Aleister Crowley. Crowley, cuyos seguidores sostenían que se trataba del profeta de un nuevo siglo o, alternativamente, los lectores de la prensa sensacionalista que se trataba del mago oscuro más diabólico del mundo, era al menos un importante pensador ocultista que, en 1909, comenzó a publicar un diario ocultista llamado The Equinox. El primero de esta clase, The Equinox fue un temprano ejemplo de publicación desde un nuevo y diferente tipo de underground: no suponía el mundo extremadamente arriesgado de los primeros idealistas religiosos o políticos, donde un descubrimiento lo más probable es que significara la muerte. En vez de eso, aquí se trataba de una pequeña subcultura... individuos con inclinaciones ocultistas... que en el peor caso eran a la larga ridiculizados y marginados por la sociedad. Incluso así, en publicaciones como The Equinox tales movimientos y subculturas minoritarias encontraron que tenían una voz. Una voz que llegaría a ser mucho más alta a medida que el siglo XX progresara.