lunes, 7 de noviembre de 2011

LOS CUATRO RÍOS

Publicada originalmente en Francia en 2000, a “Los cuatro ríos” le llegó su oportunidad editorial en España en 2009, de manos de ASTIBERRI. Aunque sea una obra desarrollada en el medio cómic, pertenece a una colección de novelas de género negro sobre el comisario de policía Jean-Baptiste Adamsberg. Se trata de un personaje creado y desarrollado por la escritora francesa Fred Vargas, y para este título se asoció al autor Edmond Baudoin, también francés, y que se encargó de adaptar gráficamente su guión.

La trama sucede en París. Es ésta una ciudad con gran carisma y adornada por multitud de tópicos y lugares emblemáticos, fruto de su belleza y su rica historia, y por ello constituye un hermoso escenario para ambientar cualquier historia, incluso aquellas personales nuestras. Muchos de nosotros querríamos trasladar hacia aquellos lugares nuestras vivencias de amor y pasiones, aunque fuera por tan sólo unos días, unas horas. Efectivamente, la narración de “Los cuatro ríos” está protagonizada por el amor y las pasiones, y sin embargo no recurre a ningún patrón célebremente preestablecido, de hecho retrata un ambiente suburbano, y por momentos sentimos que la magia de París se traslada a nuestro propio barrio residencial, a la calle de nuestro pueblecito en que residimos, porque los acontecimientos y los personajes que pueblan la historia no poseen ese glamour que esperamos.
Los dos jóvenes amigos Vincent Ogier y Grégoire Braban se dedican al hurto, son ladronzuelos de tirón que adquieren escasos beneficios de ello pero que se creen en posesión de un gran poder sobre capas secundarias de actividad de la ciudad. A la hora de la verdad, su delito no representa para la policía más que molestias de poca monta y por esta razón se sienten seguros. Ahora tienen un nuevo plan: siguen los pasos a una nueva víctima aparentemente inofensiva. Es un viejo, al que atracan. Por supuesto, por momentos piensas en la crueldad de su acción al seleccionar a los más débiles y arrebatarles quizás bienes muy importantes o vitales para ellos: su pensión, sus objetos cotidianos, un recuerdo,... aunque la Justicia lo considere un crimen menor. La verdad es que inicialmente cuesta empatizar con alguien que sigue ese camino para salir adelante, aunque sepas que ellos mismos no son más que víctimas de las exclusiones del sistema, de un mundo vertiginosamente mutable que hoy es así y dentro de un mes es de otra forma. Pero de repente la trama capta nuestra atención de un modo notable, cuando la víctima resulta un peligroso asesino y pierdes la seguridad que da poner una etiqueta de “malo” o “bueno”.

A través de los pasos de Grégoire asistiremos a una persecución que se inicia por varios frentes. Por un lado, el comisario Adamsberg pone en marcha sus mecanismo de sabueso para que la Ley haga presencia; por otra, la víctima y asesino necesita recuperar lo que se le ha robado, que le es muy necesario; el resto persigue vencer a la rutina y las incomodidades del camino que es el modo de vida cotidiano, un refugio para la actividad normal y a la vez una traba para los soñadores, y más estando en la ciudad de la luz, del amor o el arte, entre otras muchas inspiraciones.

Con ello, aunque lo podamos compartir o no, enseguida comprenderemos los porqués del comportamiento rebelde de Grégoire, su inconformismo, su hastío con el mundo que le ha tocado en suerte. En ocasiones incluso sobrepasamos la frontera de la cuarta pared, y nos ponemos en su piel, el menor de los hijos de su familia. Ésta se compone por él y sus otros tres hermanos: Gauthier, Guillaume y Gratien. Su madre los abandonó siendo niños, los dejó con el padre de sólo uno de ellos, pero nunca les dijo de quién era progenitor para que se encargara de todos. Viven en una casa del barrio rodeada de una pequeña porción de terrenos, donde Gauthier se dedica a fertilizarlos y cultivarlos (un fenómeno de agricultura urbana que se está dando mucho últimamente a causa de los elevados precios que generan los intermediarios); también conviven allí las mujeres de dos de los hermanos mayores. El verdadero sustento económico lo realiza Guillaume, que trabaja en una oficina, y por otro lado Gratien busca suerte como actor. Lo que une a todos los hermanos, aparte de la convivencia, es la búsqueda de chapas y latas para su padre, que realiza mediante el reciclaje de estos materiales una escultura que homenajea a la fuente de “Los cuatro ríos” de Roma.

Todos ellos son tan normales como cualquiera, y resulta curioso verlos envueltos en una intriga detectivesca que, por otro lado, aparte del peligro que supone la presencia de un asesino en serie, se desenvolverá de manera ordenada y lógica, observando atentamente la cotidianeidad. No es enrevesada, aunque sí se va desgranando de forma interesante, mezclándose de una forma muy natural con el ritmo de a diario, y nos hace pensar que nuestra propia vida, sea donde fuere el lugar donde nos encontramos, sí puede ser tan mágica como lo podría ser en París. Asimismo, acompañan la narración otros temas importantes como la perseverancia, la ceguera del amor y la exigencia social y personal de inmiscuirnos en él o la reivindicación del Arte no tanto como entretenimiento sino como lenguaje para la expresión de los sentimientos y sensaciones.

El guión de Fred Vargas recibió el premio Alpha Art del Salón del Cómic de Angulema en 2001. Visto así, el argumento de por sí ya constituye el grueso de la obra; sin embargo, como dijimos al principio, esto no es una novela, sino un cómic. Edmond Baudoin la transforma en una narración en imágenes mediante su propio estilo en blanco y negro, que en una primera mirada no parecería el ideal para representar un guión policiaco, en el que la exactitud de cada detalle es esencial para ir comprendiendo los misterios planteados. Este autor se atiene poco a las reglas clásicas al expresarse gráficamente, y su trazo recorre más artístico, grueso, pensando a impulsos y poniéndose en relación con la página. Recursos como la finalización de la perspectiva o la confección de rostros o anatomías quedan en un plano secundario, y abriendo una página al azar cuesta identificar lo que representa cada dibujo; la verdad es que ninguno se hace espectacular. Es leído de corrido como mejor se interpretan los acontecimientos, Baudoin lo da todo en sus trazos conceptuales y en la unión con el texto adquieren su máxima significación. Porque en cierto modo con su adaptación dibujada ha querido emular la reflexión que haríamos en nuestra mente al leer un texto de género negro, donde disponemos los elementos y las pistas más importantes, diseccionándolo todo con precisión pero a la vez difuminándose en nuestros pensamientos.

La virtud de este logro se encuentra en la técnica, sabiamente utilizada por el autor. Emplea herramientas muy importantes del cómic, como la viñeta, la composición de la página o la inclusión de bocadillos, pero las hibrida con la aparición de textos de apoyo y descripciones. También con diálogos, que ocupan columnas textuales que seguimos sin ver a qué personaje corresponden, aunque sí intuimos como en las novelas; o en otras ocasiones participando todos esos elementos escritos del diseño. No obstante, todo está muy pensado, si Baudoin ha escogido un sistema de representación más libre, se ha encargado de que todo se cubra de coherencia y la verdad es que los resultados contemplados en su totalidad constituyen un correcto conjunto, accesible en cuanto te acostumbras y con buena capacidad para ir desgranando los tiempos, el devenir de los acontecimientos y de este modo atraer rápido nuestra atención. Podríamos decir que la “inexactitud” de la figuración podría ser una apelación directa a nuestros pensamientos, para que aportemos nosotros mismos nuestra propia impresión y así avancemos la narración con un ritmo controlado y al mismo tiempo perdidos en las ensoñaciones y aspiraciones que Vargas nos va sugiriendo a través de la construcción de sus personajes y situaciones.

No he investigado si este encuentro entre novela y cómic es original ni si es la primera obra reconocida que lo usa. Lo cierto es que Baudoin es un creador con amplio recorrido en la renovación del medio de la historieta y su inquietud ha llegado aquí a una materialización más que admirable. Si lo unimos al encanto y magnetismo de la prosa de Vargas pues no es de extrañar este brillante logro, que ha tenido su continuidad en “El vendedor de estropajos”, una nueva entrega del comisario Adamsberg que ambos autores han preparado en 2010 y que en España nos ha llegado este verano, de nuevo de manos de ASTIBERRI. Y lo mejor de todo es que no se trata de la adaptación de una novela, sino de un capítulo más dentro de la continuidad del personaje, que se va expresando indistinta y válidamente tanto en el medio de la prosa como en el del cómic y con esta acción convierte el conjunto en una lectura esencial para cualquier interesado.